Asúmelo. No vas a ver un puñetero duro cuando te jubiles

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UGT dice que la subida de las pensiones es “una mierda”. Posiblemente, no le falte razón: un 0,25% les avala frente a un alza media de los precios (inflación) del 2%. La pensión es inevitablemente egoísta. Sostén fundamental de miles de familias durante la crisis, cada uno barre para casa cuando habla de ella. Yo, pertenezco a una generación eternamente amenazada con que no olerá un duro público cuando se jubile. Imagínense, toda una vida trabajando, tributando y, en el momento de llegar a caja, encontrarse en blanco.

Sin duda, un 0,25% es una mierda. Los últimos años de deflación (bajada de precios) recurrente dejaban un panorama general raquítico pero, por lo menos, un 0,25% era menos mierda. El vaso medio lleno o medio vacío. ¿Y qué se esperaban? Bastaba con echar un vistazo a la pirámide poblacional española. Mal que nos pese, vivimos en un país en el que hay 118 mayores de 65 años por cada 100 menores de 16 (INE). La pirámide arroja otra lectura que lo dice todo: en 2050, España será el tercer país del mundo desarrollado más envejecido (OCDE). Y ya está.

Los datos invitan a poca broma en un país con poca tradición de ahorro con vistas a la jubilación, menos todavía entre los jóvenes. Cómo iban a poder con la eterna ilusión de un salario digno y empleo de calidad. En 2016 apenas 25.000 personas menores de 25 años ahorraron dinero en un plan de pensiones. Es casi la población de Lepe y no es un mal chiste. Con 35 años o menos, las almas encomendadas al ahorro previsión apenas alcanzan las 485.000 (Dirección General de Seguros y Fondos de Pensiones). ¡Y qué se esperan!

Datos hay como para empapelar tres ministerios. Que queramos hablar de ellos, ya es otra historia. Asumámoslo cuanto antes y vivamos con ello. Por el camino, invertiremos en un par de burbujas -inmobiliarias o cripto-algo-, las estallaremos y volveremos a flote. Heredaremos. Sobreviviremos a tres crisis más… Siempre nos quedará una caña en La Latina y, tal vez, el recuerdo de que un 0,25% de algo era un tesoro.

Cuando Diana Quer huía junto a su novio de su familia desestructurada

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En el periodismo nos dedicamos a algo tan simple como contar historias. Somos trovadores modernos con título universitario y conocimientos de Photoshop (o lo que quieras, valga el caso). En esencia, es eso. La segunda profesión más antigua del mundo, con permiso de la primera. Las historias que contamos están llenas de verdades, mentiras y medias verdades. No dejes que la verdad te estropee un buen titular. Lo nuestro es contar historias y luego, donde dije digo… no digo nada más.

Tremendo final de año informativo con el caso Diana Quer. Falta espacio en la edición. También sobrecogedor que un caso así no se considere violencia de género en España y se sume al medio centenar de mujeres que murieron en 2017. Pero eso son números. Hablemos de palabras. Año y medio han tenido los medios para hablar de Diana Quer. De ella; de su familia desestructurada; de su madre desequilibrada; de su padre despreocupado; de su hermana, también con algún trastorno de convivencia.

Diana, demasiado amiga de las redes sociales, de las fotos con poses provocativas, de los mensajes en Facebook teñidos de locura adolescente. Demasiado proclive a fugarse con un novio traumático, a rebuscar dinero en casa para huir sin dar señas nunca más, a apagar su móvil, cual ingeniera de telecos, para no dejar rastro… Diana “sólo” tuvo la mala suerte de cruzarse con un animal que la acabó matando. Que la verdad no te estropee año y medio de buenos titulares.

Somos trovadores modernos, con verdades, mentiras y medias verdades. Todos los días buscando el mejor titular y después patada hacia delante sin rectificación posible. Deberíamos hacérnoslo mirar. El titular. Lo que hoy nos gustaría que Diana se hubiera fugado con su novio adolescente, huyendo de su familia desestructurada.

Mi mejor momento de 2017

En el último banco del muelle de Santa Mónica soplan rachas de viento que quitan el hipo. Pero, a veces, el viento se para y se empiezan a escuchar las olas, algunas gaviotas y el tintineo de la noria de fondo. Era el mes de marzo y, de repente, el Pacífico ante mí. Y cualquier palabra que ponga aquí y ahora será demasiado pequeña, demasiado imprecisa.

A unas pocas horas para que comience 2018 no tengo ni idea de lo que nos traerá el nuevo año. Sin embargo, sí tengo claro que aquí estaremos para lucharlo y disfrutarlo. Gracias a todos los que habéis formado parte de mi 2017.

El jardinero de los Bitcoins

“Cuando mi limpiabotas me cuenta que invierte en Bolsa es momento de venderlo todo” (John Davidson Rockefeller)

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Creo que he leído varias veces la misma frase con distinto sujeto: limpiabotas, jardinero y taxista. No exenta del matiz clasista de turno, es uno de los básicos al hablar de inversión. John Kenneth Galbraith en su Breve Historia de la Euforia Financiera (no dejen de leerlo) hace referencia a estas palabras al hablar de la historia de las burbujas. Porque las burbujas, sean de tulipanes, inmuebles o criptomonedas, tienen la particularidad de que son duramente criticadas cuando estallan y alentadas entre todos mientras cogen aire.

Hablemos ahora del Bitcoin. Tras dos documentales, varios reportajes y grandes dosis de buena voluntad para entender cómo funciona y cuáles son sus posibilidades, debo decir que sigo sin entender del todo de qué va toda esta historia. Asumo el papel de zote, pero también asumo que por ahí debe haber bastante gente invirtiendo en algo que no sabría explicar con ciertas garantías a su mejor amigo.

Me cuesta asimilar cómo un activo carente de valor intrínseco (como sucede con el oro) y sin el respaldo de un banco central o un país, puede tener semejante aceptación. Hace dos semanas tomé un café con tres personas que me acabaron diciendo -como si su hermana se llamara Bitcoin y estuviera en juego su honor- algo así como: “pero cómo no inviertes en algo que sube, sube y no deja de subir… es la moneda del futuro”. Seguro que sí. Tal vez no. En ese momento me da por recordar lo que decía un tal Warren Buffett de que sólo se debe invertir en lo que uno entiende. Volver a los básicos.

En las burbujas suele flotar en el aire la sensación de que te estás perdiendo alguna fiesta en algún lugar. Tal vez el Bitcoin no lo sea. Tal vez nunca lleguemos a la fiesta. Tal vez hace dos semanas tomé un café con un taxista, un limpiabotas y un jardinero. No me maten todavía. Pagamos con un billete de diez euros.

El amor en tiempos del porno

0b7d3f51cacf590f37ab74d7478703c8La reflexión, tal vez obvia a ratos, no podía ser más interesante. En la Cadena Ser, Hoy por Hoy y una pregunta sobre la mesa: ¿cómo puede triunfar el amor cuando el modelo imperante es el del porno? Somos el décimotercer país del mundo en consumo de porno. También, curiosamente, el número 13 en renta per cápita. No somos el mayor productor, pero tampoco pasamos de puntillas por la industria. ¿Cómo combinar en la misma coctelera la vida según Love Actually, Nacho Vidal y una sociedad que ansía ser siempre feliz?

HxH: “El porno enseña a los niños y niñas que la mujer es un objeto con tres orificios”

Sin duda, la vida en el porno debe ser más fácil. El protagonista en cuestión nunca se ha quedado en paro, tampoco tiene goteras en casa o discute con su hermano. Ella, que no tiene problemas para pagar sus facturas, no tiene a su padre enfermo ni se ha dado nunca un golpe con el coche. Tampoco suele poner demasiados reparos a casi nada. Ambos funcionan como un reloj de perfecto engranaje. La vida envasada al vacío. Casi mecánica. Sin una arruga, sin frío, ni calor.

Luego toca bajar a la arena real. Con 17 años, tal vez menos. Con michelín, sin pelo, con pretensiones, sin referencias… Mis abuelos -70 años juntos- han pasado 68 sin wifi en casa. Y se quieren (o eso dicen). Pero aquí nadie quiere juzgar si está bien o mal. El amor tiene tantas formas que resulta imposible enumerarlas todas, aunque siga siendo harto complicado catalogarlo como unos cuantos orificios.

Cosas del amor; también del desamor. En el porno nadie llora.

Nos sobran mil millones

“Nos quedamos llorando, filmando, mientras las lágrimas se nos caían por las mejillas”.

Article - Heart-Wrenching Video Shows Starving Polar Bear On Iceless LandNos sobran mil millones. Digámoslo sin complejos. En noviembre hemos superado los 7.500 millones de personas pisando este planeta. En el año 2000 éramos 6.000 millones y, si rebobinamos hasta 1800, la cifra se derrumba hasta 1.000 millones. No nos liemos con los números. Las casas, a veces, se quedan pequeñas. Me dirás que la esperanza de vida ha aumentado: concretamente, en 230 años, un 43%. Que la geopolítica, el estado del bienestar y los avances en biomedicina algo tendrán que decir. Nos siguen sobrando mil millones.

Cuando uno va en el atasco de cada mañana, lo piensa. Cuando mira los datos de paro, lo vuelve a pensar. También cuando se pone sobre la mesa el deshielo de los polos, la deforestación en el mundo, el problema de los refugiados y tantas cosas más. En un mundo en el que todo es poco y en el que exprimimos hasta las cáscaras nos sobran mil millones. De personas. Que abran una lista de candidatos. “Viaje a Marte”. Y, si no salen, a cara o cruz. Total, uno de cada siete es una proporción razonable. Si te toca, te aguantas. Nos vemos en Marte.

Donald Trump debe saberlo. Después de negar hasta la saciedad eso del cambio climático, ya ha puesto en marcha la solución. Volveremos a la Luna para poner una base permanente. La avanzadilla. Mientras tanto, por aquí abajo, la vida sigue igual. Con el atasco de la mañana, con lo de los polos, sin lluvia… Es Navidad. Los de National Geographic se empeñan en amargarla filmando imágenes de un oso raquítico y moribundo en Canadá. La buena noticia es que en la luna no hay osos. La mala, que nos faltan ideas o nos sobran mil millones.

Vivir; deprisa

IMG_5935Se puede leer en un andén de Atocha: “Aprende inglés en una semana. Garantizado”. Tras esa frase hay dos premisas, cuanto menos cuestionables. La primera es garantizar, así, a la ligera. Porque, como diría tu abuela, garantizado no hay nada, excepto la muerte. Prometer en vano ya es de malos amigos. Empezamos mal.

Una semana consta de 168 horas. Un tercio la pasaremos durmiendo; otro tercio trabajando. El último tercio restante, aprendiendo inglés. El título bien podrían cambiarlo a “56 horas con Shakespeare y después recupere lo perdido con terapia”. La cosa no mejora.

Este año, la segunda película más taquillera a nivel mundial es The Fast and the Furious 8. Apple, acostumbrada a lanzar un nuevo teléfono cada año, ha lanzado dos. Samsung, cinco. Una nueva república se puede proclamar durante nueve segundos, los mismos que La La Land se sintió ganadora en los Oscar antes de saber que Moonlight le estaba prestando su estatuilla. Demasiados fotogramas por segundo.

Pero, volvamos al principio. ¿Está realmente claro el valor de una semana? ¿El de 56 horas? Vivimos deprisa y, sin embargo, cuatro Grammys latinos y 4.600 millones de reproducciones se empeñan en llevarnos la contraria. La canción del año sigue llamándose Despacito.