Una historia de amor que me cambió la vida

hulk.jpgLo cambió todo, de arriba a abajo. En apenas tres años, mi casa, entera, respira a él. El soniquete de sus pisadas por el parqué le delata sin remedio. Su presencia, elevada al máximo exponente. En mayúsculas. Siempre encima, cual manta en los días de verano, apoyado en un hombro y dormitando entre sueños que se escapan a mi entendimiento.

Hulk nació un 12 de febrero de hace tres años y medio en un vertedero de Adra (Almería) junto con sus nueve hermanos. El buen clima de la zona hizo más soportable el primer invierno y, al poco tiempo, fue trasladado a Madrid con el estómago lleno de paja. En aquella época se llamaba Koki y apenas levantaba un par de palmos del suelo. Sus meses siguientes los pasó en Carabanchel con una familia de acogida que le rebautizó como Rocky y se encargó de él hasta los primeros días de verano. Hasta una tarde de julio en la que le trajeron hasta la puerta de casa.

La primera vez que le vi venía subido al hombro de su dueño de aquel entonces. Le levantaban en el aire mientras él mordisqueaba la mano y yo pensaba para mis adentros: jamás me verás hacer algo así a mí. ¡Qué equivocado podía estar! Yo, que apenas había tenido un hámster y una tortuga, acabé paseando calle arriba media hora después a un perro de cuatro meses que tiraba con ganas y nos seguía a todas partes. “Prueba y, si encajáis, os lo quedáis”. Y encajamos.

La pasada semana celebramos tres años de aquel día de la mejor forma que se me ocurrió: un atardecer en el parque con un par de trozos de fuet (posiblemente, lo mejor del mundo a su entender). Es verdad que yo tuve mucha suerte: un perro que apenas ladra, que sólo sabe jugar, que no tiene dobleces, que se dedica a repartir cariño por donde va, que se adapta a casi todo y a casi todos… Que, si fuera humano, sería la típica persona de la que dices: “no tiene maldad”. Ese es Hulk.

El que salta una y otra vez cuando llegas a casa, asediando tu espacio vital. El que te mira con tristeza desde el sofá cada día que te vas. El que invade la cama, como si midiera tres metros. El eterno pinche de cocina y recogedor oficial de lo que caiga al suelo. El agitador vespertino del parque. El más veloz entre los perros, con permiso del galgo. El que da la pata por sistema, unas veces la blanca y otras la marrón. El que, cuando lloras, chupa las lágrimas y, cuando ríes, mueve el rabo como aspa de helicóptero.

En todos estos años, Hulk también cambió algo más. A menudo, recuerdo el día que leí a mi entonces compañera Ana I. Gracia @anaigracia despidiéndose de su perra. Entonces me extrañaba pensar que se pudiera sentir así por un animal. De nuevo, me volvía a equivocar. Hoy, a duras penas, consigo terminar esta columna de Juan Soto Ivars @juansotoivars sobre el abandono de los perros cada verano. A medida que la leo se desgarra algo por dentro que va del estómago a la garganta. A la mezcla de ganas de llorar y la violencia que me genera la idea de abandonar a su suerte a un perro en el primer quitamiedos de carretera, se suman la incredulidad y el estupor. Y mal gestiono lo que mal comprendo.

Este verano (y el resto del año) habrá decenas de malnacidos que darán la espalda al quitamiedos de turno. En ese momento, difícilmente serán capaces de sostenerles la mirada. Quiero pensar que todo se resume en que ellos no han tenido la suerte de que les cambien la vida. Que están huecos, por encima de todo y por debajo de todos. Yo, sin embargo, encontré una historia de amor que me cambió la vida.

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