El Atleti, lo excepcional y lo cotidiano

atleti.jpgHan pasado ocho años y unos días desde aquella noche en la que decidí, junto a un amigo, ponerme a hacer cola en la puerta 6 del Vicente Calderón. El Atleti acababa de eliminar al Liverpool en una noche de ensueño que vivimos en uno de los fondos de Anfield. En aquella cola pasamos cerca de diez horas hasta que amaneció y nos hicimos con una de las entradas para Hamburgo. El Atleti llegaba a su primera final tras años de penurias, fichajes de medio pelo, infiernos y la sombra implacable del vecino frente a un equipo que, a duras penas, mantenía el tipo tras desmantelarse año tras año.

Porque la memoria es corta, más en el fútbol, pero el Atleti no se parece en nada a lo que era tras su vuelta a Primera División. Aquel Atleti de la camiseta ‘Idea: Tiendas de Electrodomésticos’, el de Feymaco y Sabaico en los descansos, el del Indi roñoso, el de las broncas de Gil y Luís Aragonés en las tertulias de radio nocturna, el que recibía gol del Madrid en los primeros 15 minutos de partido, el de Perea, Novo, Musampa o Richard Núñez; también el de Nikolaidis, Javi Moreno o Mariano Pernía. El de su propio centenariazo, el de Burgos colgado del larguero, el de aquella camiseta de Spiderman, el de “el que quiera ver espectáculo, que se vaya a la Gran Vía”, el del Pato Sosa, el de aquel Riquelme que nunca vino. Aquel Atleti en el que el público cantaba “puta ETA y puta la peineta” (y mira dónde estamos ahora), el del pase de Ibagaza a Torres para dar la sorpresa en el Camp Nou, el del golazo en pleno vuelo en el Villamarín o el empate de Albertini en el último minuto en Chamartín. El de la mirada al cielo pidiendo remontadas imposibles que nunca llegaron frente al Recreativo de Huelva, el Albacete u Osasuna.

Aquel día, bien merecía la pena pasar diez horas a orillas y brisas del Manzanares y viajar para ver una final que quién sabía cuándo podía repetirse. Nadie podía imaginar lo que estaba por llegar en un maravilloso viaje de lo excepcional a lo cotidiano. Aquella Europa League, ganada en el interminable alambre de la prórroga, supo infinitamente más que la lograda ayer. Porque, como dijo Gabi, este título, tal vez, sí sea una mierda, pero también es la mejor excusa para desperezarse y sacar a pasear una tarde más la rojiblanca. Ocho años de un viaje demasiado rápido que lo cambió todo. De jugarse una noche europea insólita a hacerlo en seis ocasiones. Siempre en el alambre. Sin jogo bonito. Con la estrella que marca en su última noche de idilio con las maletas hechas en dirección a otro destino que siempre ofrece más dinero, pero no mayor felicidad.

Lo suele cantar un fondo del Metropolitano, que ya ni el estadio es como el de antaño: “no lo puedes entender”. Y puede que al Atleti no lo entienda ni la madre que lo parió. Porque, en sólo ocho años, se ha ganado el derecho a llamar a la puerta grande de Europa. A convertir lo excepcional en cotidiano. Y a soñar. Nadie sabe si, algún día, se coronará como rey del Viejo Continente (del bueno) pero, tal vez, vaya en la dirección adecuada. Apretando fuerte los párpados. Soñando un poco más fuerte.

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